¿...cuándo dejé de ser la niña linda de tu corazón...?

Rocío; La Primera Gran Hada...

Muchos dudan de la existencia de las hadas, pero muy pocos saben que en los bosques del sur de Chile, habitan cientos de ellas, quienes jugando y cantando entre los árboles, llenan de belleza y magia aquellos lugares. Es precisamente en un bosque del sur, a la orilla de un río, donde se encuentra el maravilloso Reino de la Hadas, y donde también transcurre esta linda historia.
Rocío no era un hada normal. Nadie sabía muy bien la razón, pero esta hermosa hadita no tenía alas. Y eso que era la princesa, hija de la Gran Reina de las Hadas. Como era tan pequeña al igual que una gotita de Rocío, tal como su nombre indicaba, todo eran problemas y dificultades. No sólo no podía volar, sino que casi no tenía poderes mágicos, pues la magia de las hadas, para los que no saben, se esconde en sus delicadas y brillantes alas de cristal. Así que desde muy pequeñita dependió de la ayuda de los demás para muchísimas cosas. Rocío creció dando las agradeciendo, sonriendo y haciendo amigos, de modo que todos los animalitos del bosque estaban encantados de ayudarla.
Pero cuando cumplió la edad en que la princesa debía convertirse en reina, muchas hadas de su mágico reino dudaron que pudiera ser una buena soberana con tal discapacidad. Tanto discutieron las desconfiadas haditas, que Rocío tuvo que someterse a una prueba en la que tendría que demostrar a todos las maravillas que podía hacer…debía demostrar qué podría ser una buena hada reina.
La princesa Rocío se entristeció muchísimo, lloró pequeñas gotitas de lluvia y dejó de sonreír, apagándose la lucecita que emergía de sus mejillas. ¿Qué haría, si con suerte era mágica y ni siquiera podía llegar muy lejos con sus cortas piernitas? Pero mientras Rocío trataba de imaginar algo que pudiera sorprender y maravillar al resto de las hadas, sentada sobre una piedra junto al río, la noticia se extendió entre sus amigos los animales del bosque. Y al poco rato, cientos de animalitos estaban junto a ella, dispuestos a ayudarla en lo que necesitara. Tan querida era la hadita, que sus amiguitos harían lo que fuera por dibujar de nuevo en su carita una linda sonrisa.
- Muchas gracias, amiguitos. Me siento mucho mejor con todos ustedes a mi lado- dijo con la más dulce de sus sonrisas- pero no sé si puedan ayudarme.

- ¡Claro que podemos Rocío! Por algo somos amigos - respondió la ardilla- Dinos, ¿qué harías para sorprender a esas hadas desconfiadas y pesadas?
- Ufff.... si pudiera queridos amigos, atraparía el primer rayo de sol de mayo, antes de que tocara la tierra, Lo guardaría en las gotitas de rocio que salen de mis ojitos, para que cuando hiciera falta, sirvieran de linternas a todos los habitantes del bosque. O... también me encantaría pintar en el cielo un arco iris durante la noche, iluminado por el brillo de las estrellas y bajo la mirada atenta de la luna, para que los seres nocturnos pudieran contemplar su belleza... Pero como no tengo magia ni alas donde guardarla...no sé que haré.

- ¡Pues la tendrás guardada en otro sitio princesa Rocío! ¡Mira lo que haz hecho! -gritó ilusionada una vieja tortuga que volaba por los aires dejando un rastro de color verde a su paso, mientras reía y disfrutaba el momento más que nada antes en su vida.
Era verdad. Al hablar la hadita de sus deseos más profundos, desde sus ojos una ola de magia salió sacando chispas, y había invadido a sus amiguitos, que salieron volando por los aires para crear el mágico arco iris, y para atrapar no uno, sino cientos de rayos de sol en finas gotas de agua que llenaron el cielo de diminutas y brillantes lamparitas. Durante todo el día y la noche pudieron verse en el cielo ardillas, ratones, ranas, pájaros y pececitos, llenándolo todo de luz, sonrisas y color, en un espectáculo jamás visto que hizo maravillar a todos los habitantes del bosque. Incluso a las hadas.
Rocío fue aclamada como Reina de las Hadas, a pesar de que ni siquiera ella sabía aún de dónde había surgido una magia tan poderosa. Y no fue hasta algún tiempo después que la joven reina comprendió que ella misma era la primera de las Grandes Hadas, aquellas cuya magia no estaba guardada en sí mismas, sino entre todos sus verdaderos amigos.

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